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Hay novelas que se leen; y hay novelas que se habitan. Carabanchel: Prisioneros bajo Franco, 1949, del profesor Nadhim Mejbil Faleh, pertenece sin ninguna duda a esta última categoría. Desde su primera página, el lector no es un mero espectador, sino un intruso que atraviesa el umbral de una casa de madera vieja, empapada del olor a barro y a espera podrida, para sentarse en la penumbra junto a una ventana que da a un patio que es, al mismo tiempo, un cementerio y un espejo.
La novela nos sitúa en la España de la posguerra, en el Madrid gris y hambriento de 1949, donde el régimen franquista ha convertido el país en una inmensa fosa común y la represión no es solo un sistema, sino una teología del miedo. Pero el autor, con una inteligencia narrativa poco común, no elige el campo de batalla ni la trinchera para contar su historia. Elige un espacio ínfimo, casi doméstico: la habitación de una costurera viuda, cuyo único lujo es la obstinación de esperar a un fantasma.
El verdadero acierto de Faleh es construir un relato de opuestos que vibran con la tensión de un arco tensado. Por un lado, el exterior: la calle, las sirenas, las botas de la policía secreta, el ruido metálico de la persecución. Por otro, el interior: el tictac hipnótico de la máquina de coser, el silencio casi sagrado de una mujer que teje, con cada puntada, el sudario de su propia ilusión. La ventana, ese rectángulo de cristal empañado, se convierte en el verdadero escenario del drama: un ojo que mira hacia fuera pero también hacia dentro, hacia la conciencia atormentada del protagonista, un joven militante de la resistencia que se refugia en la casa de su tía, huyendo de la muerte, para descubrir que ha entrado en una condena mucho más cruel: la de ser el verdugo de la esperanza ajena.
El mayor logro de esta obra es su ambición filosófica. Lejos de ser un simple thriller histórico o un melodrama familiar, Faleh inscribe su relato en una profunda reflexión sobre la naturaleza del espíritu humano. La tía, con su fe ciega en el regreso de un esposo que el lector sabe muerto en las celdas de Carabanchel, no es una pobre loca. Es, como la define el propio autor en el epílogo crítico, una rebelde espiritual. Su locura es una forma de resistencia. Mientras el Estado materialista reduce al hombre a polvo y cal viva, ella lo eleva a la categoría de mito, de leyenda, de fantasma al que se le debe lealtad incluso después de la muerte. Es la negativa a concederle al verdugo la última palabra.
El sobrino, por su parte, encarna la otra cara de la moneda. Es el hombre de acción, el materialista de la resistencia, el que cree que se lucha con balas y con consignas. Sin embargo, su presencia en aquella casa lo convierte en un parásito de la fe de su tía. Se nutre de su dolor, utiliza su tragedia como escudo y, al hacerlo, comete la traición más íntima y devastadora. Faleh maneja con una maestría admirable el peso de la culpa y el remordimiento, convirtiendo al joven en un anti-héroe dostoievskiano, un hombre que descubre que la peor de las cárceles no es la de Carabanchel, sino la de la propia conciencia.
La prosa de Mejbil Faleh es sensorial y afilada. Es una escritura que se respira más que se lee. El olor a barro, a tierra húmeda, a polvo en suspensión en un rayo de luz, se convierte en un personaje más, en el aroma fúnebre de una época que se niega a pasar página. El ritmo, salpicado por el tableteo de la máquina de coser, es el de una cuenta atrás hacia el desastre, hacia el momento en que el cristal de la ventana se resquebraja y la realidad, con toda su crudeza, irrumpe en el santuario.
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