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La casa tenía un reloj que no funcionaba. Lo descubrí la primera noche, cuando todavía era capaz de creer que aquel silencio jugaba a mi favor. Colgaba sobre la puerta de la cocina, redondo, marco de plástico color madera, una mancha amarillenta donde alguna vez hubo una marca. Las agujas estaban clavadas en las cuatro y diecisiete y a la mañana siguiente seguían ahí, indiferentes, como si el tiempo también se hubiera cansado de mí. A Tomás le causó gracia.
-Acá siempre son las cuatro y diecisiete.
Le sonreí. No me costó.
-Mejor. Así no llegamos tarde a ningún lado.
Dos días después el chiste ya no tenía gracia ni para mí. La casa no era la cabaña de las publicidades de turismo que uno se imagina cuando piensa en esconderse: nada de ventanales ni salamandra romántica ni deck sobre un lago. Era una construcción baja, ladrillo revocado, chapa, un porche torcido que crujía con cada cambio de temperatura, y alrededor campo, árboles bajos, un camino de tierra que la lluvia convertía en una cinta de barro. La habíamos alquilado una vez, años atrás, un fin de semana largo. Tomás tenía cuatro y se despertaba de noche llamando a sus padres. Carla había dicho que el lugar era espantoso. Yo recordaba, en cambio, que nadie nos había molestado.
Eso era lo único que necesitaba ahora. Que nadie nos molestara.
El tercer día amaneció nublado. Tomás estaba sentado en el piso, una frazada sobre los hombros, mirando una película vieja en una computadora sin conexión. Yo calentaba leche en una olla pequeña, con el fuego al mínimo porque la hornalla derecha quemaba todo. Ya conocía las pequeñas leyes de esa casa: la ducha tardaba cuarenta segundos en entibiarse, la puerta del baño no cerraba si uno no la levantaba, el colchón del dormitorio principal se hundía hacia el centro, la segunda tabla del porche sonaba como un disparo.
Conocía cada ruido. Por eso, cuando escuché el motor, apagué el fuego antes de pensarlo. Tomás levantó la vista.
-¿Qué pasó?
-Nada.
Fui hasta la ventana sin acercarme demasiado. Había cubierto la mitad inferior con una manta. Separé apenas la cortina. El motor se acercaba por el camino. Un auto. Todavía no podía verlo. Sentí el corazón subírseme a la garganta, un golpe sordo, animal.
-Papá.
-Shh.
El motor pasó de largo. Una camioneta blanca, entre los árboles, siguió hacia el norte sin bajar la velocidad. Esperé hasta que el ruido se apagara del todo. Volví a la cocina. La leche había formado una película fina sobre la superficie, ese cuerito que a Tomás le da asco.
-¿Era la policía? -preguntó.
Me quedé quieto. No le había dicho que la policía podía andar cerca. No con esas palabras.
-¿Por qué preguntás eso?
Se encogió de hombros.
-Porque miraste así.
-¿Así cómo?
-Como cuando mirás si viene alguien.
Serví la leche en una taza.
-No era nadie.
No respondió. Había empezado a hacer eso: callarse justo donde antes seguía preguntando. Yo lo notaba. Notaba todo, siempre había notado todo en él, era casi lo único que me quedaba en pie. Esa mañana comimos galletitas con mermelada. Tomás pidió dulce de leche pero se había terminado el día anterior. Prometí conseguir más.
-¿Hoy?
-Después.
-¿Cuándo es después?
-Después es después.
-Mamá dice que eso no es una respuesta.
El nombre se quedó ahí, entre los dos, como algo que se rompe despacio. Apoyé la taza en la mesada. Tomás bajó la mirada.
-¿Qué?
-Nada.
-Podés hablar de mamá.
-Ya sé.
-No pasa nada.
Partió una galletita por la mitad.
-La extraño.
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